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Lo que no tuve… y ahora puedo dar

Yo no sé lo que es crecer con abuelos. Mis abuelos paternos habían muerto mucho antes de que yo naciera. A mi abuelo materno tampoco lo conocí; murió cuando mi mamá era todavía una niña. Y aunque sí conocí a mi abuelita materna, para mí era aquella viejita que vivía con una de mis tías. La quería, por supuesto, pero nunca tuvimos esa relación cercana entre abuela y nieta de la que tantas veces escuchamos hablar.

Así que no tengo recuerdos de sentarme en las piernas de un abuelo, ni de una abuela esperándome con alguna comida especial, contándome historias o convirtiéndose en cómplice de alguna travesura. No sé lo que se siente tener esa persona que, según dicen, tiene todos los privilegios de querer a un niño y muchas menos obligaciones de criarlo. Esa experiencia, sencillamente, no formó parte de mi infancia.

Pero ahora soy abuela. Y quizás precisamente porque no tuve aquella experiencia, ser abuela ha adquirido para mí un significado muy especial. Esta semana Albaluna y yo tuvimos un girls’ day. Un día de nosotras. Estuvo conmigo todo el día y, entre una cosa y otra, pensé en lo maravilloso que es poder compartir con ella esos momentos que parecen pequeños mientras están sucediendo, pero que quizás algún día serán recuerdos.

Porque uno nunca sabe qué cosas van a recordar los niños. Quizás no recuerden el regalo que les compramos ni aquella salida que planificamos con tanto cuidado. Tal vez recuerden algo muchísimo más sencillo: una conversación en el carro, una comida juntas, una carcajada por alguna tontería, una tarde sin hacer absolutamente nada extraordinario. Tal vez recuerden, simplemente, que la abuela estaba.

Y creo que eso es lo que más me importa: estar. Quiero ir a las actividades de la escuela, a las misas de los abuelos, a los días especiales y también a los días que no tienen nada de especial. Quiero aparecer cuando pueda, escuchar sus historias aunque a veces no entienda ni la mitad de los personajes involucrados, celebrar sus triunfos y acompañarlos en sus tristezas. No porque quiera ocupar un lugar que no me corresponde. Sus padres son sus padres y esa es otra historia. Ser abuela es diferente. Tiene algo de refugio, algo de complicidad y, si tenemos suerte, mucho de presencia sin condiciones.

Esta semana, mientras se acerca la misa para los abuelos en la escuela de Alba Lunna y luego llegará el Día de los Abuelos, he pensado mucho en todo esto. Y me resulta curioso que durante muchos años pude pensar que había algo que la vida no me había dado: la experiencia de tener abuelos cercanos. Pero resulta que la historia no terminó ahí. La vida me permitió conocer esa relación desde el otro lado.

No pude ser aquella nieta, pero puedo ser esta abuela. Y quizás hay regalos que llegan así: no de la manera en que alguna vez los hubiéramos imaginado, sino muchos años después, cuando descubrimos que aquello que no pudimos recibir también podemos convertirlo en algo hermoso para alguien más.

Yo no tengo muchos recuerdos de mis abuelos para guardar, pero todavía estoy a tiempo de ayudar a construir los de mis nietos. Y pienso estar presente para muchos de ellos.

Porque a veces el amor también consiste en dar, con todo el corazón, aquello que nunca tuvimos.

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